POR LOS CAMINOS DE BENITO

    Una de mis rutas preferidas es el camino que discurre por el lecho de la rambla de Benito. Las huellas históricas allí marcadas hacen que cualquier paseo se pueda convertir en una lectura del pasado, despertando reflexiones de mayor o menor transcendencia en lo que a investigación se refiere. Allí, en su margen izquierda (derecha según el sentido ascendente) están las ruinas del primer lavadero municipal de nuestro pueblo, lugar frecuentado a diario por numerosas mujeres que con los jabones procedentes de los "turbios" almazareros, y el cesto de la ropa sobre la cabeza sorteaban las aguas del camino caminando hábilmente sobre las "pasarelas" (piedras colocadas en las corrientes de agua para cruzarlas sin mojarse). Más arriba está la mina abierta para el alumbramiento de aguas que abastecieran a la población. En los años cincuenta del ya pasado siglo esta agua, después de dar servicio a numerosas fuentes estratégicamente situadas en el casco urbano, llegaban a la fuente de la Era. ¡Menudo adelanto técnico suponía abrir un grifo en la puerta de la plaza de toros con aguas procedentes de las entrañas de la sierra del Oro!. Frente a la mina, en un losado por el que discurre el camino en un alarde de imaginación y técnica de colocación de las piedras para permitir el paso de las bestias de carga, están las ruinas del viejo molino. Aprovechando las aguas salobres que discurren por la rambla mediante una turbina se ponía en movimiento una piedra de moler o una banda de mazos para picar el esparto según conviniera. Siguiendo el camino empedrado si miramos a la otra parte de la rambla vemos la casa de la "tía chuana" con sus paleras correspondientes, las paleras eran el lugar donde se hacían "las necesidades", es decir, como el cuarto de baño al aire libre de estas casas de campo. Así, entramos en el "estrecho" o Salmerón, a la izquierda al abrigo de una risca un aprisco de difícil acceso, en frente la casa del tío Perete bajo un cortado impresionante. Quizás sea este el paisaje mas pintoresco de la rambla, la pequeña casa con sus paredes pintadas de almagra y el eslogan: "Viva salmerón donde se trabaja", la garita sobre una gran piedra construida para ver las avenidas de la rambla, los vestigios de la pequeña aceña junto al color rojizo de la pared natural de la piedra, dan a este lugar ciertos aires de encanto. Un rincón, el de Perete, desafiante a la rambla que en caso de avenida le dejaba sin salida posible. Pasada la casa de Perete, inmediatamente después y en su misma margen está el desfiladero por donde se despeñó la mula de "Gabino", un desfiladero con derrumbamientos que aún las "rambladas" no han podido limpiar del todo. Las diversas canalizaciones dan menta del aprovechamiento de las aguas para pequeñas parcelillas de riego. Se puede tomar un atajo que evita varias curvas de la rambla y nos lleva ante otro paisaje singular: la hacienda del cura. Un triángulo de casas en ruinas testifica la vida de aquel rincón en otro tiempo. En la margen izquierda solo unos restos de muros de la casa del cura, edificación de tamaño medio que pudo ser de Don Diego de Loba, teniente de cura en San Pablo en el siglo XVIII, en la otra margen la casa de Peruchete de dos plantas y la de Bernabé delimitan los olivares perfectamente ordenados en bancales. Siguiendo el curso de la rambla, nos encontraremos con los restos de la aceña de Tatines, un artefacto de hierro para extraer las aguas subterráneas de cuidada construcción, es un elemento extraño dentro de la rambla por el contraste técnico con lo rudimentario de su entorno. Más arriba hay que abandonar el lecho de la rambla y por la Cuesta de Egea tendremos que bordearla para seguir su curso, pasaremos por otro molino, y un nacimiento de agua que se emplea para riego de una huerta aprovechando una cubeta del lecho, así llegaremos a los dos barrancos de mayores aportaciones: el Barranco del Infierno que baja de la sierra del Oro y el barranco Vite que viene de la de Ricote. A partir de la desembocadura de estos grandes barrancos el lecho se suaviza hasta llegar al nacimiento de la rambla en las inmediaciones de las casas de los Castellanos.

    No sabemos quien era Benito, el que da nombre a esta rambla que también se conoce en su parte alta como de Charrara, tal vez sea Benito Yelo Hoyos que vivió en el siglo XVIII habida cuenta que el nombre Benito en Abarán no es muy frecuente, pero no se puede afirmar con seguridad.

    Contrasta la vida que en su época tuvo la rambla, constatada con los vestigios que quedan, con la soledad y ruina en que se encuentra sumida actualmente. La rambla era un discurrir constante de gentes con sus caballerías. El lavadero, la huerta, el molino, la salida de viajeros hacia Caravaca y Andalucía, las gentes que vivían en sus inmediaciones o en el campo de Ricote... justificaban un trasiego constante que hoy se ha transformado en soledad. También es el abandono de un modo de vida, de una economía, las crisis del aceite, que era clave en épocas anteriores, la del esparto, la del trabajo de los "braceros", quedan reflejadas en la ruina que se ha instalado en su entorno, por otra parte, la calidad de vida actual hace que veamos en la lejanía los tiempos del candil y el trabajo de sol a sol.

    Un paseo por la rambla ayuda a mirar al pasado. A veces visitando las ruinas de alguna casa que en su tiempo fue habitada se intenta reconstruir el pasado, mirando las paredes negras de la cocina-hogar uno piensa cuantas veladas junto al fuego en familia, cuantas alegrías y sinsabores, cuanta dificultad para sobrevivir con la obsesión de ahorrar para el "día de mañana"... Era otro modo de vida cuyos vestigios aunque en ruina aún no se han borrado. Unos vestigios que de un modo muy completo se encuentran a lo largo de la rambla de Benito, por eso, caminar por su lecho, por su casi perdido camino es como caminar en el tiempo, en un tiempo no muy lejano pero que enlaza directamente con un pasado mucho más remoto.

    Las sucesivas "rambladas" seguirán borrando huellas, la naturaleza volverá a recuperar lo que un día le fue tomado por el trabajo, las piedras de las hormas volverán al caos del azar y las tejas reducidas a su mínima expresión, por eso, cada vez que paseo por allí soy consciente que me estoy despidiendo de algo que la próxima vez ya no estará.

 

José David Molina Templado
Publicado en "La Noria" el 15 de septiembre de 2001