Hombres de Murcia: Don Nicolás Gómez Tornero

Uno de los hombres más singulares que ha dado Murcia fue don Nicolás Gómez Tornero. Nació en Abarán en 1870, en uno de los pueblos de más personalidad de la provincia, que supo ir siempre por delante del tiempo, de tal modo que cuando en el resto del país, apenas nuestros conciudadanos se atrevían a parar allende las fronteras, los abaraneros eran asiduos visitantes de Francia, Inglaterra y en general de toda Europa.
No importa que sus conocimientos de idiomas fueran cortos o nulos. Ellos se lanzaban con una ilusión desmedida a la conquista de aquellos mercados para los frutos españoles, que intuían prometedores, sin necesidad de prospecciones o estudios de marketing, ahora al uso.

Don Nicolás comenzó traficando con frutas en el mercado español. Despachaba partidas, que se transportaban en caballerías o en carretas, únicos medios de locomoción, con destino al mercado de la Cebada de Madrid. El viaje solía durar entre 5 y 7 días, y aun así las entregas de los géneros eran razonablemente buenas. Diremos
de pasada que los sistemas de cultivo de principio de siglo eran más rudimentarios y artesanos. Todavía no se había extendido el uso de los abonos inorgánicos. Los agricultores utilizaban en gran escala basuras y estiércoles, con el consiguiente beneficio para el laboreo y calidad de los productos. Naturalmente, ello ayudaba a que fueran más resistentes y pudieran aguantar aquellos lentos transportes de nuestros abuelos. También tenían un sabor infinitamente superior a los frutos que se cosechan ahora.

Más tarde, hacia 1907, colaboraría con una de las primeras fábricas de conservas de España, como encargado, de Champagnes y Freres, francesas instalados en Abarán, iniciadores de esta industria de transformación murciana de productos agrícolas de tanto arraigo en la provincia. Don Nicolás con sus hermanos, fueron los pioneros de esta actividad, funcionando ya con independencia de la firma citada, y difundiendo por Europa nuestras pulpas de albaricoque.

Pero la gran oportunidad le llegó a don Nicolás con la conflagración de 1914-18, Los envíos de frutas a los mercados europeos, en especial Inglaterra eran escasos y muy problemática su llegada a destino. El atlántico se hallaba plagado de submarinos alemanes y los torpedeamientos a la orden del día. Nuestro personaje, con aquella clara visión que tenia de los negocios, intuyendo el porvenir, creó en Cartagena la fletadora Murciana, en colaboración con otros exportadores, como don Antonio Gómez, Cobarro, Castaño, Miró. Su actuación se dejó notar rápidamente. Gestionaron en Madrid, y consiguieron, que todos los buques españoles o extranjeros que tocaban Cartagena para cargar mineral, debían tomar un 10 por ciento de su peso de frutos españoles. Esta mercancía delicada se estimaba sobre el mineral. Eran tiempos difíciles y las opciones escasas.

De estos buques, que la Fletadora despachaba, unos llegaban a destino y otros desaparecían tragados por el mar. Pero los que arribaban a puerto ofrecían unos pingües beneficios, suficientes para cubrir las pérdidas de los que no llegaban y aun para enriquecerlos. Cuando en noviembre de 1918, se firmó el armisticio en un vagón de ferrocarril en Compiegne, don Nicolás había acumulado una fortuna considerable.Sin embargo, en lugar de entusiasmarse con la exportación de frutas en fresco, mantuvo el fuego sagrado a un ritmo más bien pausado, y diversificó las inversiones en otras actividades, demostrando con dicho pragmatismo ser un hombre avisado, incapaz de emprender aventuras comerciales de dudoso resultado. Desarrolló con sus hermanos el negocio de conservas, construyó edificios, invirtió en bolsa, pero sobre todo tuvo la feliz idea de construir un salto de agua y fábrica de electricidad, en el río Segura, a la altura de Abarán, para dotar de energía a su pueblo y a los colindantes.

El proyecto era importante y muy costoso. Superó los dos millones de pesetas en el año 1924. El proyecto y su construcción lo dio a una empresa belga, especializada, que desplazó un equipo técnico para el estudio y posterior realización. Estos hombres conscientes de la importancia de la obra y su valor, dudaron en algunos momentos de las posibilidades de financiación del ordenante y decidieron abordar el tema directamente con don Nicolás. Se dice que nuestro personaje, sin inmutarse, les invitó a entrar en su casa de Abarán. Entre otros muebles, había en su alcoba un arca murciana antigua. Levantó la tapa y ante la mirada asombrada de sus interlocutores, preguntó: ¿Creen ustedes que hay suficiente para construir el salto y la central? El arca estaba abarrotada de lingotes de oro, que él, ante la posible devaluación de las monedas europeas, como después sucedió con muchas de ellas, había previsoramente decidido convertir gran parte de sus fortunas en metal amarillo, que siempre sale fortalecido de las crisis económicas.

Otra anécdota muy curiosa, que pone de relieve el carácter tan peculiar de este hombre, ocurrió en 1933. El pueblo de Abarán sentía la necesidad de un establecimiento benéfico, tipo Asilo y Hospital. El Ayuntamiento en funciones, desdeñando el ofrecimiento de don Nicolás, decidió realizar una suscripción pública para allegar fondos destinados a tal fin. Las cantidades recaudadas fueron tan exiguas que el proyecto se estancó y amenazaba terminar en el rincón de los olvidos. Surgió entonces la iniciativa de un modesto maestro de escuela, don Antonio García Candel, que presentó un proyecto y solicitud para construirlo a sus expensas. Estaba claro que, este pobre enseñante, tenía detrás a don Nicolás pero éste no podía figurar como mecenas, aunque fuera conveniente para el pueblo, por la animadversión que los munícipes sentían hacia este hombre rico y poderoso, al que no querían agradecer nada. Una vez aceptado por el ayuntamiento el ofrecimiento, depositó don Nicolás el importe de las obras en una cuenta corriente abierta a nombre del señor García Candel por la cantidad presupuestada. Y el Hospital-Asilo se construye y allí continúa prestando un servicio benéfico a toda la comunidad, regentado por monjas carmelitas.

También sufragó a sus expensas la reconstrucción de la ermita de San Cosme y San Damián, que había sido destruida completamente, durante la guerra civil. Cuando las obras de este hermoso templo acabaron Nicolás Gómez ya había muerto, pero sus hijos le dieron remate, y constituye el ornato de ese bonito paseo del mismo nombre que, a modo de florón, se ve coronado por esta monumental edificación.

Murió don Nicolás Gómez Tornero un 7 de enero de 1951, a los 81 años de edad, dejando una estela de simpatía y admiración ante el buen hacer de este hombre que, no obstante, ser poco cultivado, tenía un talento natural y un talante poco habitual entre los hombres de su época.

 

JOSÉ SÁNCHEZ MANZANARES

Artículo publicado en La Verdad el 25 de septiembre de 1977.
(Reproducido en el Programa de Festejos de 1986)

 

 

  


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