RECUERDOS ENTRAÑABLES

A mis primos del alma: Antonio y Emilio Carrelón.

    Nada se detiene ante el reloj de la Historia. Todo se sucede, vuelve de nuevo... como fue ayer y como será mañana. 

    Un nuevo año se nos presenta para que volvamos a zarpar, como hoy, como siempre, tendiendo las velas del tiempo, para dar ocasión de vida a la vida misma, o lo que es igual, empezar, ponerse de nuevo en marcha... partir. 

    No sé quien dijo que "el que no conoce la Historia de su pueblo, luego la busca con sangre". Honda queja de un pasado que se mira en el presente. 

    Los antepasados de este pueblo siempre tuvieron proyección de futuro y en su actuar reflejos claros; dando matiz a nuestras vidas. Españoles y abaraneros ¡qué suerte! Llevaron el espíritu de esta villa pequeña y luminosa, antigua como el mar y joven como la esperanza, por todos los rincones de España. Vencieron el espacio con un abrazo silencioso; al tiempo con los recuerdos que nos suscitan. Y así como las ramas de los pinos se desperezan al claro de luna, nuestros tatarabuelos nos enseñaron que no se avanza en la vida dando tumbos, y con los ojos cerrados, sin prestar atención a los avatares del camino. Nos hablaron con sencillez y modestia -faro de cultura- frente a la soberbia y orgullo de los embusteros.

    Eran personas que dormían más en invierno que en verano, que hablaban siempre de lluvia, nubes, aire, manías, supersticiones; dando lugar todo esto, a dejarnos nuevas formas de vida, familia, lengua, paisaje, forma de vestir, canciones, vivienda, alimentación, horario de trabajo... 

    Todo empezó así: Por la festividad de San Antonio, los novios regalaban a sus novias un pañuelo bordado y lleno de cascaruja y las invitaban a tomar arrope calabazate. A las embarazadas les decían que no comieran fruta para que no nacieran sus hijos peludos. Cuando en las casas iba a nacer otro ser, el resto de la familia pasaba el día en casa de otro familiar, vecina o en la calle. A la nueva mamá le daban caldo de gallina para que se repusiera pronto. Solían estar cuarenta días sin tocar el agua, por miedo a que se le retirara el pecho. Cuando se levantaba de la cama le decían que se había puesto: Fati. A los padrinos de bautizo había que hablarles de usted. Estos ponían a su ahijado entre las piernas y no sentado encima porque según tradiciones los críos no crecerían. Al hacer la primera comunión a los muchachos les ponían pantalones largos y les dejaban sentarse en la mesa con los padres y a las pollitas se les encargaba de cuidar a los hermanos. La mujer siempre fue considerada la estéril y para dejar de serlo acompañada de su esposo iba al tío de las hierbas o a los baños de Mula, Archena o Fortuna. En edad escolar llevábamos por cartera una bolsa de tela, carpeta o bolso de cartón. En el camino nos entreteníamos jugando con aquel escarabajo pequeño y que para que volara le cantábamos: "Mariquitica ponte el manto y vete a misa". También nosotros cuando veíamos una salamanquesa o una lagartija en la pared, para que no se moviera le decíamos: "San Jorge, San Jorge, San Jorge, nos acercábamos con cautela, hasta matarla. Si se le cortaba la cola, pensábamos que nos echaba maldiciones y hasta que el rabo no quedaba quieto decíamos: "amén, amén, amén". Después, nos íbamos cantando aquello de: Antonio demonio, mató a su mujer, la hizo pedazos y la puso a vender. Ya en el patio de la escuela y en la hora del recreo, nos reuníamos un grupo de críos y para ver en el juego "quien se quedaba", en círculo y uno a uno, el que llevaba la voz cantante decía de tres maneras esto: Pey, pey, pey, po, po, po, malacachún, dey, dey, dey, y, pey, pey, pey, po, po, po, malacachún, dey, dey, dey. Cada vez que se decía esto se libraba uno; igual ocurría con: Pan torrao, huevo asao, quien será la más cochina que se habrá follao. Y lo mismo con: Pun, chibiricú, chibiricá, chibiricuri, curi, fa, chibiricuri, curi, fero, chibiricuri, para güelo. Una vez terminada la selección, empezaba el juego y todos saltando por encima del compañero decían lo siguiente: "El tío Juan de la bellota/ que tenía la pipa rota/ con qué se la apañaremos/ con un palo que le demos/ donde está ese palo/ el agua se lo ha llevado/ donde está ese agua/ el pollo se la ha bebido/ donde está ese pollo/ el cura se lo ha comido/ donde está ese cura/ repicando a misa/ tilín, tilín, que venga mi madre de misa". Las "zompas" y cordeles, de hilo de algodón en colores, los comprábamos en la tienda de la Jacoba. Había "zompas" con moño y sin él y "para que no pesara ni una pajica", le poníamos en el hueco del lijón moscas muertas, para sacarle el mayor número de "cabes". Si había cambio de cordel o "zompa", para que el otro no se volviera atrás se decía: "Cartamesa". También aquello de: Santa Rita, Santa Rita, lo que se cambia no se quita, si te arrimas a la mesa, te partes la cabeza, y si te arrimas al cajón, te partes el corazón, taza y tazón. Por desgracia no siempre quedaban conformes y venían las peleas y palabras malsonantes. Así por ejemplo, el que quería buscar pelea, escupía en el suelo y le decía al otro: ¡Bórrame ése! Los amigos se decían: No juegues con fulano que te "empelucha". Si un compañero defendía la postura del otro, el otro le ofendía diciéndole: ¡Sopero!, a lo que éste contestaba: "Me importa porque lo veo, y en tu boca, me pego un peo, los pajaricos se van volando, y en tu boca se van cagando". Entonces el otro replicaba: "A tu madre le meto la canuta". La respuesta era tajante: "Pa la tuya que está más zurulla". Mientras el rival que se iba alejando cantaba: "A la mierda te mando pa toa la vida, si tuvieras vergüenza no me hablarías".

    Ahora, amigo lector, te voy a poner algunos anuncios de los primeros programas de festejos que se editaron y que decían así:

Año 1.920. Primer programa que se conoce y primer anuncio: Luis Gómez y Hnos. Espartos en rama y manufacturados. Exportación de frutas. Murcia-Abarán-España.
Año 1.923. A las once, en la Plaza de la Constitución, reparto de donativos a los pobres de la localidad, cuyo acto será amenizado por la Banda Municipal.
Año 1.925. Salón Barbería de Julio Carrasco Sánchez. Médico Gómez, 6 Abarán (Murcia). Servicio esperado. Economía. Confort. Fricciones varias.
Año 1.929. Vinos y licores de todas clases los encontrará en casa de Jarras. Calle de Prim, 4. Abarán. Especialidad en anís Palmar.
Año 1.930. Angeles Yelo Honguero. Calle San Damián, 102. Abarán. Se confeccionan trajes a 20 pts. Se cortan trajes para la calle a 3 y 4 pts.

En el remanso de la orilla del río y las acequias, habían unos bichos con sus crías a cuestas, y nosotros le cantábamos: Nadador, nadador, pare uno, pare dos.

Nunca supe el significado de la palabra Liviana, que algunos abuelos decían a sus nietas así: ¡liviana, que eres una liviana! te pasa lo que al galgo del tío Lucas, que cuando se presentaba la liebre, se ponía a cagar. En invierno la Luciana vendía churros y le decían: "Échame la porra", ya que este trozo de masa equivalía a cualquier pedazo y algo más. En esta época se bebía poca cerveza en los bares, sólo mandaban dos o tres cajas de Madrid y venían precintadas con candado. Vermout, zarzaparrilla, vino, fruchampañ, anís, agua de seltz y sifón, eran las más conocidas y como tapas: Atún salao, habicas tiernas, tortilla de ajos, embutidos caseros, queso de cabra y sardinas fritas con pimientos y acelgas. El chocolate del corazón de Jesús, los bizcochos y las "milojas" eran considerados alimentos de Domingo. El primer Circo que vino a Abarán lo instalaron en las escuelas y tenía por nombre: "Circo Olimpia y su hombre cañón", en la tapia de uno de los corrales estaba instalado el cañón, y por una abertura que tenía la carpa entraba el artista como un obús, cayendo en el centro del escenario. Se bailaba en el Café Sevilla de Jesús Gómez Gómez (Machaco), en calle de San Damián, 11 y 13. Actuaba lo Orquesta la Ecléctica con 30 músicos; otras veces, éstos eran de Blanca y venían con dos pitos y un acordeón, si no era del agrado del público se cantaba: "limón ponan, naranja hela, la música de Blanca no vale ná". Los primeros periódicos que se vendieron en este pueblo los repartió Avelino de la Muda. El tío Paulo era un verdadero artista en la confección de jaulas, enfardar lías, poner las guitas a las sillas, y arreglar paraguas. En el tomo 9 de la R. M. dice así: "Para la cava era común el uso de la azada normal o abaranera, de larga pala metálica y astil de madera en ángulo muy agudo". En verano y en las fábricas de conserva se cantaba sin ánimo de molestar aquello de: "Para fantasía Cieza/ para airosos los blanqueños/ para bonito Abarán/ para feos los ricoteños". Los ciezanos decían a éstos: "Abaraneros golosos, que os coméis la arena, creyendo que es azúcar morena". Se cerraba la discusión con este final: "Ciezanos marranos, que se suben al cabezo, a quitarse las pulgas del zagalejo". Para que no nos fuéramos al río u otro lugar, nuestros padres nos metían miedo diciéndonos que el tío Saín nos sacaba la sangre; que nos llevaba el tío del saco; que la luna nos tragaba como hizo con el pastorcico, y, con la historia de la madre y la hija que se comieron la "saura" del padre muerto, y por la noche oían: "María, dame la 'saura' que tienes mía". También las supersticiones encontraban sentido en su vida. El aullido de los perros por la noche, era motivo para predecir que "había muerto seguro". Se decía por entonces "que los perros veían los muertos"; también ciertas personas. Otras veces decían que se despedían -los que morían- de las más variadas formas: Tocando con golpes la pared de noche; tirando los platos y fuentes del armario; el reloj inservible de años tocaba como nuevo a medianoche. Decían que a los muertos no se les ponía zapatos para enterrarlos; que los objetos de metal, cobre y todo lo que brillara lo quitaban de las casas, hasta que los familiares se quitaban el luto, a veces, lo llevaban hasta ocho años; precintaban las ventanas y las puertas con papel; y la mayoría de veces fumigaban la vivienda. Se cuenta que en Abarán había unas mujeres -plañideras- que se encargaban de llorar a los muertos, donde su presencia era requerida, y por supuesto cobrando un sueldo. También que venían de fuera unos pillastres que se ofrecían para amortajar al doliente; previamente estos cacos desvalijaban la casa, después, cobraban su trabajo y se perdían sin dejar rastro. Tampoco las golondrinas se podían matar, "porque eran del Señor" y si cogíamos un nido, se nos hacía un golondrino en el sobaco.

    Y esto es todo. Es la imagen y la estampa de unos años, que pugnan por salir de la memoria y guardar un puesto de relieve en el corazón y en el pensamiento. Se marcharon de esta vida, sin conocer la perfección a la que aspiran todos los seres. Y es que todos llevamos dentro del alma, el eco dormido de una vieja canción.

Indalecio Maquilón Carrelón