Sucedió hace medio siglo

A Claudia, mi primera nieta

        ...Y parece que fue ayer. Era el 27 de septiembre de 1955, festividad de nuestros Patronos San Cosme y San Damián, nos juntamos para visitar la feria varios amigos de la escuela (unos aún seguían en ella, otros ya la habíamos abandonado para aprender un oficio), y decidimos que después de comer iríamos a pasearnos a la Fuente de Benito, ya que no podíamos ir a la tradicional corrida de toros. No por falta de afición, sino más bien por falta de dinero, pues no éramos críos ni hombres y en aquel tiempo, como no fueses recién nacido, no podías entrar gratis.

        En los programas de mano que se repartían para tal evento rezaba un párrafo de esta manera: "Los niños que no sean de pecho necesitan billete", por lo tanto nosotros no entrábamos en ese lote. Llegamos al puente de la rambla y pasamos por debajo de él para subir a la fuente. No habíamos caminado doscientos metros cuando tuvimos una grata sorpresa. No íbamos a la corrida, pero teníamos otra a la vista. Detrás de unos matujos salieron corriendo dos enormes conejos y nosotros detrás de ellos. ¡Qué panzá de correr nos pegamos!, para arriba, para abajo... pero al final los cogimos y pensamos en la merienda que íbamos a tener. Los “toreros” de esta corrida eran: José Yelo El Sastre, Manolo Moscardó, Pepe Cobarro, Domingo Carpintero, Pepito de las Cántaras, Antonio Gómez Molowny, Pedro Soler y un servidor. No recuerdo si había alguien más, lo cierto es que, gracias a Dios, todos los enumerados vivimos y gozamos de buena salud (aparentemente). Regresamos con los trofeos conseguidos y gran alegría. Al llegar al puente viejo, una mujer se acercó a nosotros y nos dijo:

– ¿Dónde vais con esos conejos?
– A comerlos fritos con tomate- le contestamos.
– ¿No veis que tienen la enfermedad de los ojos saltones?, ¿dónde los habéis cogido? 
– En la rambla  –le dijimos.
– Eso es que los han tirado por estar enfermos.

        Qué decepción más grande llevamos, pues la verdad es que mirándolos bien nos dimos cuenta de que tenían los ojos muy gordos y coloraos como los mejillones. La moral se nos vino abajo, pero ya teníamos muy arraigada la idea de lo que íbamos a hacer... y lo hicimos. Llegamos al pueblo y fuimos a casa de los padres de Domingo: Jesús de los Mazos y Trini de Pinchapuertas, un matrimonio del que siempre guardaré un grato recuerdo. Le contamos a “la Trini” parte de la odisea (sin mencionar lo malo) y nos preparó la merienda. Eso si, haciéndole hincapié en que le sacara los ojos a los conejos repelando hasta el hueso. Merendamos magníficamente y no tuvimos ningún problema de salud, de esto doy fe. El cielo, que estaba muy nublado, se oscureció hasta ponerse casi negro y comenzó un fuerte aguacero que duró mas de una hora. Nosotros terminamos bien nuestra corrida, pero empezamos a pensar que la otra no terminaría así. El cartel de aquella tarde fue el siguiente: “Sensacional mano a mano para los diestros César Girón y Manuel Cascales con toros de la ganadería albaceteña Samuel Hermanos”.

        El ambiente para esta corrida era extraordinario. Nuestro paisano Cascales tenía un gran tirón, pues estaba en uno de los mejores momentos de su carrera. Con César Girón, ocurría otro tanto, era la primera vez que estuvo anunciado en esta plaza y finalmente no pudo acudir por un percance. Su lugar lo ocupó otro torero de época;
Chicuelo II, quien llegó tarde y la corrida comenzó con más de media hora de retraso. En la lidia del segundo toro llovía intensamente, y en el tercero, que mató Chicuelo II, decían los que lo vieron que el agua le llegaba a los tobillos. La corrida se suspendió con sólo tres toros lidiados. Nunca antes, ni después, que yo recuerde, se ha suspendido una corrida de toros por inclemencia del tiempo en Abarán. Tampoco desde entonces se ha dado el caso de un mano a mano, como en aquella ocasión.

        Al término del festejo, a unos aficionados de Cieza que regresaban a su pueblo, se les paró el coche en la misma Rambla del Moro (aún no se había construido el puente), y una fortísima tromba de agua los arrastró, perdiendo la vida. La conmoción fue muy grande en toda la comarca, y las fiestas perdieron su esplendor. Desde estas líneas, mi recuerdo a aquellas personas que nos visitaron para pasar un rato agradable y el destino les tenía reservada una mala pasada.

        Espero y deseo que estas fiestas (transcurridos cincuenta años de estas efemérides) sirvan de descanso, gozo y regocijo para todos los que vivimos en este rincón del valle, y los que nos honren con su visita de otros lugares.

José María Gómez Carrillo (Pepe el Carpintero)
Programa de Festejos - Abarán 2005